Muchos recuerdos vienen a mi mente cuando pienso en "ese"... mi primer día de trabajo... cuando por fin me convertí en “maestra”…
A diferencia de muchos compañeros de telesecundaria, o de quienes trabajan a nivel medio superior, yo no puedo decir que llegué a ciegas a un grupo, pues como les comenté anteriormente, mi formación está dentro del ámbito educativo y ya había tenido oportuniad de realizar mis prácticas frente a grupo. Sin embargo, no por ello, ese primer día dejó de ser único y escalofriante.
Es muy cierto, uno al ser formado como maestro, llega a su primera clase con toda la teoría del mundo, pero esa teoría difícilmente te prepara para lo que te vas a encontrar cuando te conviertes en maestro de “tiempo completo” o “de verdad”.
Es cierto también que en las escuelas de “profesores” nos envían a practicar frente a grupo. Sin embargo, no es lo mismo trabajar una hora con los niños y con todo planeado, (además de un maestro que está detrás de ti observándote y apoyándote si algún imprevisto sucede) que hacerlo por lo menos seis horas al día, cinco días a la semana (y hacerlo solos).
Creo que ese es el verdadero malestar docente, el encontrarnos frente a un grupo sin saber que hacer, y se los digo para que sepan que nos pasa a todos, tanto los que fuimos formados como docentes, tanto como los que no lo fueron.
Pero bien dicen, la práctica hace al maestro, y es precisamente practicando que aprendemos a manejar el grupo, el tiempo y los recursos, sin importar la preparación profesional que tengamos.
Muchos, al momento de enfrentarnos al trabajo y no saber que hacer, recordamos nuestros días de estudiante y tratamos de imitar a nuestros viejos maestros, haciendo lo que ellos hacían y buscando la zona de “confort” donde al repetir una y otra vez la misma clase, creemos que nuestros alumnos aprenderán lo que les enseñaremos y que ya nos convertimos en los “mejores maestros”, No obstante, eso no suele ser precisamente verdad.
Al respecto, recuerdo que en el CBTis, donde estudié, tenía una maestra que nos daba historia. Una licenciada. Según muchos, era la mejor maestra de historia de la escuela, arriba de los 50, y tal vez con unos 30 años impartiendo la materia, tenía una preciosa letra manuscrita, según recuerdo, y como yo era la única que sabía leer manuscrita en el salón, cuando ella tenía que salir por algún motivo, me dejaba su libreta de apuntes para dictárselo a mis compañeros… Así es, su clase consistía en dictar semestre tras semestre el contenido de su vieja libreta que solo ellas sabían cuantos años llevaban juntas, pero no eran pocos… y nosotros lo único que hacíamos era apuntar. Tanto así, que yo solía quedarme dormida escribiendo en su clase.
Un mejor ejemplo lo encontramos en el CECyTE de Tancítaro Michoacán, donde trabaja un déspota de apellido Villano impartiendo las materias de Matemáticas, a él no le gusta que le digan profesor, porque no es profesor, sino científico matemático (frustrado, pero eso nadie se atreve a decírselo); inclusive, se aprovecha de su apellido para generar terror en sus alumnos. Todos tienen que llamarlo "Villano", y los muchachos de las secundarias, tiemblan de solo escuchar su nombre y de pensar que al entrar en el bachillerato les toque con él. Pero las cosas son peores de lo que parecen, pues en sus grupos solo pasa uno o dos y de “panzazo”.
Si nos ponemos a analizar este indicente, sabremos que el quehacer educativo se complica con la arrogancia del profesor (palabra mía) esa arrogancia se encuentra en su incapacidad de reconocer sus limitaciones. El profesor se siente perfecto, poseedor de todo el conocimiento y cuando alguna situación lo supera, se niega a reconocerla y pedir ayuda a quienes lo rodean… (no hablo solo del éste "villano" sino de todos los que en algún momento han asumido esta postura)
La solución a esta situación, es reconocer que somos humanos, y estamos trabajando con seres humanos; que el hecho de no saber algo, significa que no somos perfectos, y eso está bien, porque sólo somos humanos… nada más que eso.
La cantidad de alumnos que repruebo no es directamente proporcional a mi inteligencia como maestro, sino al contrario… y tampoco podemos limitarnos a haber encontrado al “fórmula” y repetirla una y otra vez. Porque la educación no es una receta que se pueda seguir al pie de la letra; los tiempos cambian y las personas también; Siempre debemos recordar que nuestra materia prima son los seres humanos, y no hay uno igual a otro.
En mi primer día de clases, yo era licenciada el pedagogía, un título que ofendió a muchos, pues “yo si era maestra de carrera” y mis compañeros de telesecundaria solo eran ingenieros, médicos o abogados; pensaron que me sentía superior a ellos. Y sin embargo, uno de ellos no se dejo impresionar por mi título tanto como por mi juventud, y comenzó a hablarme de cómo debía comportarme con mis alumnos: cómo tratarlos… como ser fuerte sin ser dura o rígida, como imponer la disciplina sin ser dictadora… y se lo agradezco aún hoy, porque esos consejos me sirvieron en esos primeros días de trabajo.
También les comenté que una de las recomendaciones de un supervisor era “bajarse al nivel de los alumnos”. Mis alumnos aprenderán más si les hablo en un lenguaje sencillo: un lenguaje común que ellos puedan comprender, y si quiero hablarles en lenguaje especializado (porque mi deber es enseñarles ese lenguaje) les explico cada una de esas palabras y los pongo a practicarlas, para que no se asusten la próxima vez que las vean.
La satisfacción más grande que tengo como docente es cuando mis chicos logran avanzar por si solos, aprenden, resuelven problemas, aplican lo que aprendieron y parecen superar esa etapa de Alzheimer estudiantil por lo menos, por unas horas…
Para mí, la docencia es un acto de empatía, de ponerme en el lugar del otro, tratarlo como quiero ser tratada y comprender que no soy superior a alguien por ostentar un título, cualquiera que éste sea, y que si no tengo el título... tampoco soy inferior